Los proyectos smart city actualmente en marcha no aprovechan el potencial de oportunidades que ofrecen las implementaciones tecnológicas. Es un problema de visión y de objetivos. Visión global de la sostenibilidad y objetivo de desarrollo social en beneficio del ciudadano.
Hoy en día hemos asumido el concepto de smart city como una realidad tecnológica que tarde o temprano formará parte de nuestro contexto urbano inmediato y nos permitirá la interacción con el medio para facilitarnos las tareas cotidianas. Es el mundo hipertecnológico que se nos avecina provocando curiosidad, deseo y una cierta desconfianza a partes iguales.
Como en todo proceso de innovación, nos encontramos en el momento de la prueba de lo tecnológicamente posible. El objetivo es poner a punto las tecnologías, llegar hasta los límites de lo factible, aplicándolo a los escenarios que se vayan encontrando por el camino. La ciudad es el medio más que el fin y el ciudadano un mero expectador sorprendido.
Los proyectos se ponen en marcha promovidos por intereses contrapuestos en el que el escenario urbano es simplemente el punto de encuentro y no el objetivo principal. Esos intereses los representan, por un lado las grandes empresas de informática y telecomunicaciones asociadas especialmente a las grandes compañías energéticas. Las primeras poseen el conocimiento necesario para la gestión de las redes o lo pueden generar. Las segundas no quieren perder su posición predominante en el mayor negocio del mundo.
Por otro lado las autoridades públicas están más que necesitadas de inversiones y son conscientes del potencial comercial y de imagen que supone una smart city, por lo que ponen gustosas a disposición de los anteriores los espacios urbanos que gestionan. El ciudadano es el gran ausente de este proceso por mucho que unos y otros se empeñen en decir que será el gran beneficiario.
El esperado beneficio ciudadano es la gran coartada de un proceso que puede ser una gran oportunidad de desarrollo social o simplemente el gran negocio del siglo XXI. Se esgrime el crecimiento imparable de las ciudades como argumento para desarrollar cuanto antes sistemas y soluciones de gestión para los megaespacios urbanos del futuro. Se habla entonces de ciudades amigables y sostenibles gracias a los avances tecnológicos como el nuevo paradigma de desarrollo.
El otro gran argumento es la eficiencia energética y la sostenibilidad ambiental, dos conceptos que suenan especialmente bien a los reponsables políticos, por lo que suponen de ahorro económico y de imagen verde. Las smart cities se presentan así como el instrumento necesario para el desarrollo sostenible del futuro.
Ciudades amigables, desarrollo sostenible, dos buenos motivos para poner en marcha inversiones millonarias en proyectos de todo tipo.
Los resultados obtenidos aunque sea a nivel de proyecto piloto son espectaculares para un observador profano en la materia. Podemos saber, minuto a minuto, el consumo de electricidad, agua, o gas, gracias a los contadores inteligentes. Sabemos en tiempo real las plazas de aparcamiento disponible, o el mejor itinerario para un desplazamiento urbano. Tenemos pantallas por todos lados con informaciones diversas, recibimos en nuestro móvil avisos con los menús de los restaurantes, o información cultural. Ahorramos en alumbrado público y quizá sea posible que las smart grid nos permitan producir nuestra propia energía.
La pregunta es si todo eso, aún siendo importante, no deja de ser una sucesión de gadgets menores en relación a lo que podríamos obtener con el mismo esfuerzo en términos de desarrollo social y en la lucha contra el cambio climático.
El primer aspecto que se echa de menos es que no se aprovechen las infraestructuras de comunicaciones que se despliegan en cualquier proyecto de redes de sensores para generar espacios abiertos de hiperconectividad al servicio de las empresas y de los ciudadanos. La combinación de la fibra óptica con la tecnología WiFi permitiría la extensión del acceso a internet con anchos de banda de 100 megas y hasta un giga por usuario. Aún más, la tecnolgía WiFi puede hacer de puente entre la fibra y las tecnologías de telefonía móvil 3G y LTE. Compartiendo infraestructuras que son necesarias tanto para las smart cities como para las operadoras de telefonía, se abaratarían los costes en beneficio de los usuarios finales, que, recordemos, son los supuestos objetivos finales de todo esto. Y permitirían el desarrollo de aplicaciones en el campo de sanidad y servicios sociales entre otras, como veremos más adelante.
Son las administraciones públicas las que deben negociar con las empresas promotoras de los proyectos smart city las condiciones para que haya una máxima reversión de beneficios directos a los ciudadanos. Y uno de los caminos es el de las infraestructuras compartidas y las redes abiertas.
Hay varias razones para que hasta el momento no se haya emprendido ese camino. Por un lado no parece que muchos responsables políticos conozcan las potencialidades de las smart city, bastándoles con lo que les ofrecen las empresas promotoras, que ya es mucho más de lo que nunca habrían imaginado. Obviamente no son los políticos los que tienen obligación de saber de cuestiones técnicas, sino sus asesores. La realidad es que, excepto quizá en las grandes ciudades, los técnicos municipales suelen tener una formación mucho más urbanística y arquitectónica que en telecomunicaciones, sensores y demás. El asesoramiento viene, pues, de las propias empresas que promueven los proyectos.
Por otro lado la cultura empresarial existente no es colaborativa y la simple idea de compartir una infraestructura de comunicaciones con otras empresas o con un ayuntamiento les causa urticaria. La razón que se esgrime normalmente es el difícil manejo del tráfico de la información y la gestión de los datos, y la necesidad de garantizar la privacidad de los mismos. Sin embargo, cualquier sistema homologado de encriptación, y no digamos los protocolos de IBM o Cisco -por ejemplo-, serían herramientas suficientes para garantizar un uso compartido sin problemas, del mismo modo que existen en la actualidad procedimientos probados para garantizar el tráfico de los datos por las redes sin pérdidas de información. Ahí tenemos el funcionamiento de internet para demostrarlo.
Del lado empresarial se huye de las redes abiertas basadas en estándares de comunicaciones tipo WiFi, que permiten la conexión automática de dispositivos a cualquier red existente. El prototipo de fidelización del cliente pasa por tenerlo atado y bien atado y las empresas tienen miedo de que soluciones abiertas no les garanticen que el cliente les llame para sucesivas ampliaciones. Desconfiando de la fidelización por la calidad del servicio prefieren asegurar que les llamen por tener la llave de una instalación cerrada. Aún no se ha descubierto que desde el punto de vista comercial es más beneficiosa la libertad del cliente que su esclavización.
Seguramente se entiende mejor con un ejemplo. Actualmente existen muchas soluciones para le gestión telemática de las redes de agua que las empresas ofrecen a los ayuntamientos. Todas ellas necesitan repetidores que concentren los datos de un grupo reducido de contadores de agua. Los repetidores forman una red de ámbito municipal que muy bien podría ser abierta, con WiFi, que además de la gestión del agua permitiera una conectividad municipal que a los ayuntamientos les sería muy útil. Pues bien, en la reciente feria SMAGUA celebrada en Zaragoza con más de mil expositores del sector no había ni una sola solución de ese tipo. Y lo mismo podemos decir de las smart grid, de las soluciones para la gestión de las plazas de aparcamiento o de las redes de sensores ambientales.
Desde de mi punto de vista no se está siendo eficiente en el aprovechamiento de las oportunidades que ofrecen las implementaciones tecnológicas. Es un problema de visión y de objetivos. Visión global de la sostenibilidad y objetivo de desarrollo social en beneficio del ciudadano.
Una visión global de la sostenibilidad: sostenibilidad económica, ambiental y social
Sostenibilidad es la palabra mágica. Y es bueno que sea sí, porque nos permite profundizar todos sus aspectos y cada uno de ellos desde una perspectiva de conjunto. Es bueno que las administraciones públicas apuesten por la eficiencia energética en nombre de la sostenibilidad porque es el mismo argumento por el que podremos exigirles que faciliten el autoconsumo y la producción de energías renovables. Es bueno que se hable de sostenibilidad económica porque es el argumento para un uso compartido y abierto de las infraestructuras de telecomunicaciones. En último término la sostenibilidad en su sentido más amplio es el argumento para que las smart cities aseguren el desarrollo social de las ciudades del futuro.
Una visión global de la sostenibilidad supone planificar las smart cities de forma que cada actuación sectorial (energía, agua, movilidad, etc.) sea una pieza de un conjunto que comprende los aspectos económicos, ambientales y sociales. Estos tres aspectos son interdependientes y no podemos decir que una actuación es económicamente sostenible sin tener en cuenta los costes y repercusiones ambientales y sociales y viceversa. No hay actuaciones parcialmente sostenibles. O son sostenibles o no lo son.
Habría mucho que hablar de la sostenibilidad económica de muchos proyectos que se ponen en marcha a base de financiación pública. Aceptando que la financiación o subvención con fondos públicos es una buena manera de promover iniciativas innovadoras, no se puede dejar de lado que uno de los objetivos de la financiación pública sea precisamente garantizar la sostenibilidad económica de las actuaciones que en el futuro repliquen lo que ahora son proyectos piloto. Un riesgo importante para la viabilidad y sostenibilidad futura de las smart city es la monopolización que están haciendo de ellas las grandes compañías promotoras. Sería necesario apostar por la generación de un modelo de negocio abierto a múltiples actores que asegurara la libre competencia y los beneficios que se derivan de ella, especialmente el ajuste de costes y precios en sucesivas actuaciones.
Del mismo modo habría que arbitrar la manera por la que el know how que adquieren las empresas revirtiera en beneficio ciudadano. No tendría sentido que financiáramos su aprendizaje en un proyecto piloto y cuando ya hubieran puesto a punto las soluciones no tuviéramos una participación en los beneficios de su comercialización en nuevos escenarios. Poner al alcance de pequeñas y medianas empresas el know how adquirido gracias a la financiación pública sería una forma óptima de retorno social de la inversión. Compartir el conocimiento, además de ser una manera de dar sostenibilidad social a los proyectos, es uno de los mejores caminos para el modelo de negocio abierto que reclamaba más arriba. En definitiva, compartir el conocimiento redundaría en la sostenibilidad económica.
Una reflexión semejante habría que hacer respecto a la sostenibilidad ambiental. La eficiencia energética no es el no va más de la sostenibilidad sino una condición sine qua non. Eficiencia en el uso de la energía es un requisito de sostenibilidad ambiental y económica, pero el verdadero problema es la sostenibilidad de la producción. Vender la imagen verde de unas smart grid alimentadas de energía procedente de fuentes no renovables es una contradicción. Aplicar un criterio global de sostenibilidad a los proyectos smart grid supondría que el objetivo fuera crear las condiciones para la autoproducción y autoconsumo de energías renovables, haciendo de ello una oportunidad económica para pequeñas y medianas empresas del sector y una oportunidad para avanzar en la soberanía energética ciudadana y por lo tanto nacional. En definitiva sostenibilidad económica y social además de ambiental.
Poco a poco vamos avanzando en una visión integral, pero aún queda mucho camino por hacer, especialmente en la incorporación de los aspectos sociales de la sostenibilidad, es decir, todos aquellos relativos al mantenimiento y el desarrollo del modelo social al que aspira el hombre de hoy. Modelo de relaciones y servicios especialmente en las áreas de educación, sanidad y servicios sociales. Modelo de relaciones 2.0 en las que el ciudadano es protagonista activo y no mero espectador.
Este es precisamente una de las claves de la cuestión. Se nos dice lo que podremos hacer, se nos enseña lo que han preparado para nosotros como si de una página web estática se tratara en la que a lo sumo podemos cambiar de pestaña para recibir una información diferente. Lejos de emular la capacidad de interacción creativa que proporcionan las redes sociales actuales, en las que puedes organizar los servicios, tus círculos de amistad y escoger aquí o allá lo que colgarás en tu sitio personal, las smart cities se presentan como entornos virtuales cerrados a una participación creativa del ciudadano que no deja de ser un mero receptor de información, no un creador de ella. Si las redes de comunicaciones permitieran que los ciudadanos o las pequeñas empresas las utilizaran para aplicaciones personales se abriría una auténtica ventana a un desarrollo social dinámico, como ha ocurrido con internet.
La base de la sostenibilidad social de un proyecto es que lo social sea el centro, y por lo tanto, el ciudadano que es el agente de lo social. Una red WiFi abierta, (y en menor medida, por ser una tecnología aún poco conocida, una red ZigBee) permitiría que los ciudadanos tomáramos el protagonismo en la medición de parámetros de contaminación ambiental, acústica o luminosa por ejemplo. Bastaría con colocar un sensor en nuestro balcón que se pudiera conectar a la red WiFi abierta. Alguien habría que generara la aplicación necesaria para recoger todos los datos en un mapa on line. De hecho ya existen aplicaciones así, como Pachube, aplicación "open data" que permite el uso y creación de aplicaciones para colgar en internet la información generada por uno mismo.
Del mismo modo la creación de recintos personalizados de movilidad tutelada para enfermos de Alzheimer, o personas mayores con grados incipientes de movilidad dependiente, sería posible utilizando los contadores inalámbricos de agua o los módulos de comunicaciones de las farolas de alumbrado inteligente como balizas delimitadoras de una área urbana determinada. Un dispositivo compatible en el bolsillo del usuario le ayudaría a orientarse y generaría alertas y alarmas que correrían por la red abierta. Por el mismo procedimiento se podrían balizar itinerarios para invidentes. Igualmente la extensión de los servicios de teleasistencia al exterior del domicilio, o los kits de sensórica de emergencia doméstica -gas, humo, inundación- para mayores que viven solos. Algunas de estas aplicaciones existen como soluciones basadas en redes de telefonía móvil, y por lo tanto con costes de explotación que limitan su uso generalizado y que en cualquier caso śolo pueden desarrollar las operadoras de telefonía. Las redes abiertas son el cauce para el desarrollo de modelos de uso innovadores del espacio urbano y para la creatividad de los emprendedores.
Se puede objetar que muchas de esas propuestas y otras más se podrán hacer a través de los smartphone utilizando su conexión a internet. Sin embargo las redes abiertas permiten una independencia de las operadoras de telefonía móvil que muchos desean. Pueden coexistir ambos sistemas como coexiste el software libre con las soluciones propietarias. La pluralidad es riqueza. Por otro lado no está claro que las operadoras puedan asumir incrementos de tráfico tan enormes como se avecina y por ello se ensayan las soluciones integradoras de WiFi con LTE. Pero es que además el espacio urbano del futuro dispondrá de redes de fibra óptica que pueden garantizar anchos de banda suficientes para las conexiones WiFi abiertas. De hecho existen miles de kilómetros de fibra óptica pública y privada infrautilizados o simplemente no utilizadosY no olvidemos que los titulares de muchas de esas infraestructuras son las administraciones públicas, es decir nosotros, los ciudadanos.
La fibra óptica combinada con las redes WiFi permitirán soluciones de bajo coste en el área de la educación, sanidad y servicios sociales. La teleconsulta médica, la video vigilancia y monitorización domiciliaria de pacientes , o las aulas de apoyo educativo con videoconferencias grupales (webinar) son ya una realidad, cuya dificultad mayor para su uso generalizado son las infraestructuras de comunicaciones.
La optimización de los recursos empleados en las smart city, tanto infraestructuras como conocimiento, promoviendo su uso compartido y abierto son un camino inexplorado pero necesario para una auténtica sostenibilidad que nos lleve al desarrollo social, y no sólo al negocio de unos pocos.










